El estrecho de Ormuz ha dejado de ser únicamente una de las grandes rutas marítimas del comercio mundial para convertirse en uno de los principales espacios donde se mide hoy la capacidad de presión de Estados Unidos e Irán. Esa transformación no es menor. Cuando una arteria por la que circula una parte sustancial de los flujos energéticos internacionales pasa a desempeñar simultáneamente funciones comerciales, militares y diplomáticas, el problema deja de pertenecer exclusivamente a quienes protagonizan el conflicto y comienza a proyectarse sobre economías, empresas y consumidores situados muy lejos del Golfo Pérsico.
La situación de este 12 de agosto de 2026 resume bien esa tensión. El presidente estadounidense Donald Trump ha afirmado que Estados Unidos posee el “control total” del estrecho, atribuyendo ese dominio a la presencia naval desplegada en la región y al bloqueo impuesto sobre los puertos iraníes. La declaración expresa con claridad la percepción de Washington acerca de su superioridad operacional, pero no modifica una realidad igualmente evidente: la navegación comercial por Ormuz continúa extraordinariamente reducida y las negociaciones con Teherán permanecen estancadas. (reuters.com)
Por eso, plantear la cuestión únicamente en términos de quién “controla” el estrecho puede resultar engañoso. La pregunta verdaderamente relevante no es quién posee en un momento determinado la mayor capacidad militar, sino si Ormuz puede volver a funcionar de manera estable, previsible y segura como ruta de navegación internacional. Mientras esa normalidad no se restablezca, cualquier afirmación de victoria seguirá siendo, en el mejor de los casos, parcial.
La geografía convertida en poder
La importancia estratégica de Ormuz procede, antes que nada, de la geografía. Es un paso relativamente estrecho situado entre Irán y Omán, que comunica el Golfo Pérsico con el golfo de Omán y el océano Índico. Durante décadas, esa ubicación ha permitido que una parte fundamental de las exportaciones energéticas de los países del Golfo alcance los mercados internacionales. Pero la geografía, por sí sola, no determina la política. El modo en que esa ventaja territorial se administra depende de reglas, equilibrios y acuerdos que pueden contener la rivalidad o convertirla en una fuente permanente de inestabilidad.
El actual sistema de separación del tráfico marítimo en Ormuz fue propuesto conjuntamente por Irán y Omán y adoptado por la Organización Marítima Internacional en 1968, precisamente para ordenar la navegación en un espacio extremadamente sensible. La OMI mantiene actualmente una sección específica dedicada a la situación en Oriente Medio y el estrecho de Ormuz. (imo.org)
Ese antecedente recuerda que incluso una zona marcada por profundas rivalidades puede ser administrada mediante reglas compartidas cuando existe suficiente interés en preservar el tránsito. La crisis actual muestra, por el contrario, lo frágil que puede volverse ese equilibrio cuando la navegación deja de ser considerada un bien internacional que debe protegerse y pasa a incorporarse al arsenal de presión política.
Dos instrumentos de coerción
Washington y Teherán han convertido progresivamente el espacio marítimo en parte de su negociación. Irán dispone de capacidad geográfica y militar para perturbar el tránsito por Ormuz, mientras Estados Unidos posee una superioridad naval que le permite ejercer presión sobre los puertos y movimientos marítimos vinculados a Irán. En términos estrictamente estratégicos, ambos recursos proporcionan poder negociador. Sin embargo, ninguno de ellos ofrece resultados sin costes, y esos costes no recaen únicamente sobre el adversario inmediato.
El problema de utilizar una gran ruta comercial como instrumento de presión es que los efectos se transmiten rápidamente a terceros. Los importadores de energía deben afrontar mayores riesgos de abastecimiento; las empresas navieras y aseguradoras incrementan sus costes; los productores industriales deben recalcular sus márgenes, y los consumidores terminan absorbiendo parte de esa incertidumbre en forma de precios más elevados. Así, una confrontación bilateral adquiere inevitablemente una dimensión global.
Eco del Siglo ha seguido esa evolución durante las últimas semanas. El 7 de agosto informamos que el tráfico por Ormuz se había desplomado mientras Irán y Omán intentaban acordar un mecanismo provisional de navegación, en un contexto en el que los movimientos marítimos se habían reducido a una pequeña fracción de los niveles anteriores a la guerra. (ecodelsiglo.com) Ese mismo día aparecieron señales aparentemente más favorables: Washington aseguró que veía próximo un entendimiento entre Teherán y Mascate y manifestó su disposición a levantar el bloqueo de los puertos iraníes si el acuerdo garantizaba efectivamente la navegación comercial. (ecodelsiglo.com)
Cinco días después, el panorama es sensiblemente menos alentador. Una fuente iraní sostiene que no existe progreso para reactivar el entendimiento provisional con Estados Unidos, mientras Washington y Teherán continúan responsabilizándose mutuamente por el incumplimiento de compromisos previamente asumidos. (reuters.com) La velocidad con la que se suceden las expectativas de acuerdo y los nuevos bloqueos diplomáticos demuestra que el problema ya no puede resolverse mediante declaraciones políticas aisladas. Hace falta una arquitectura de compromisos que sea verificable, recíproca y sostenible en el tiempo.
El derecho internacional como límite necesario
Existe, además, una dimensión que debería permanecer separada de las justificaciones políticas de Washington y Teherán: Ormuz es un estrecho utilizado para la navegación internacional. En julio, el Consejo de la Organización Marítima Internacional reafirmó que el derecho de paso por este tipo de rutas no debe ser amenazado, obstaculizado, impedido ni suspendido. En relación específica con Ormuz, reclamó que cualquier acuerdo entre los Estados ribereños garantice un tránsito no discriminatorio y sin obstáculos, y reiteró que el paso debe permanecer libre de peajes y cargas conforme al derecho internacional. La posición oficial puede consultarse directamente en la OMI. (imo.org)
Ese principio proporciona un punto de referencia importante precisamente porque las partes mantienen interpretaciones incompatibles sobre la legitimidad de sus respectivas acciones. La seguridad de la navegación internacional no debería depender de quién dispone coyunturalmente de la mayor capacidad militar, ni de qué actor consigue convertir el estrecho en una herramienta más eficaz de coerción. Tampoco sería razonable sustituir un riesgo por otro: la amenaza contra el tráfico comercial genera inseguridad y costes extraordinarios, pero un estrecho sometido de forma permanente a bloqueos, interdicciones o confrontaciones militares tampoco constituye una solución estable.
La normalidad, en este sentido, no consiste en que una de las partes sea capaz de imponer el tránsito a la otra. Consiste en que los buques civiles puedan navegar sin convertirse, directa o indirectamente, en piezas de una disputa política y militar ajena a su actividad comercial.
El precio económico de prolongar la crisis
La dimensión económica convierte a Ormuz en un problema mucho más amplio que el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán. Las perturbaciones energéticas producidas desde el comienzo de la guerra han contribuido a mantener elevados los precios del petróleo y han complicado las perspectivas de inflación y crecimiento en numerosas economías. Eco del Siglo informó recientemente que las previsiones de inflación fueron revisadas al alza en 39 de 50 economías examinadas por una encuesta internacional de Reuters, mientras las estimaciones de crecimiento fueron reducidas en distintos países. (ecodelsiglo.com)
Esto permite comprender por qué Ormuz no puede ser analizado únicamente desde una lógica de seguridad regional. Afecta de manera directa a economías asiáticas dependientes de las importaciones de hidrocarburos, a países europeos que intentan contener la inflación, a cadenas industriales globales y a sistemas de transporte cuyo funcionamiento depende de precios energéticos relativamente previsibles. Los Estados tienen derecho a defender sus intereses nacionales y sus preocupaciones de seguridad, pero cuando los medios utilizados comprometen una arteria esencial para terceros países, esos intereses entran inevitablemente en contacto con responsabilidades internacionales más amplias.
La coerción no sustituye a la negociación
Sería igualmente simplista sostener que la crisis puede resolverse ignorando las cuestiones de fondo que enfrentan a Washington y Teherán. Estados Unidos pretende garantías sobre el programa nuclear iraní, la seguridad regional y el cumplimiento efectivo de cualquier eventual acuerdo. Irán exige, por su parte, el levantamiento de medidas económicas y militares que considera incompatibles con una normalización de las relaciones. Son diferencias reales y profundas, y precisamente por ello no resulta razonable convertir Ormuz en sustituto permanente de la negociación política.
Restringir el estrecho puede aumentar la capacidad de presión iraní, del mismo modo que mantener un bloqueo sobre los puertos puede reforzar la posición negociadora estadounidense. Pero ninguna de esas medidas garantiza que la otra parte acepte finalmente un acuerdo sostenible. Existe incluso el riesgo contrario: que cada nueva presión reduzca el margen político del adversario para hacer concesiones y transforme un conflicto susceptible de negociación en una prolongada guerra de desgaste.
Ese mecanismo es conocido. Cada actor considera que el tiempo terminará debilitando al contrario, mientras los costes económicos, humanos y diplomáticos continúan acumulándose. El peligro de Ormuz es que ese cálculo no afecta únicamente a los contendientes, sino también a buena parte de la economía mundial.
Omán y la utilidad de la mediación
La participación de Omán merece, por ello, una atención especial. Mascate posee una larga tradición de intermediación regional y comparte con Irán una relación geográfica directa con el estrecho. El hecho de que ambos países fueran quienes propusieron en 1968 el esquema de separación del tráfico posteriormente adoptado por la OMI recuerda que existen antecedentes de cooperación práctica incluso en uno de los espacios geopolíticamente más sensibles del mundo. (imo.org)
Una solución razonable probablemente tendría que recuperar esa lógica. No bastará con anunciar una reapertura o con declarar unilateralmente que el estrecho se encuentra bajo control. Será necesario establecer rutas claramente definidas, garantías de seguridad, mecanismos de supervisión, compromisos verificables y procedimientos capaces de contener incidentes antes de que estos desencadenen nuevas acciones militares. La OMI ha pedido precisamente trabajar con los Estados ribereños, sus miembros y la industria marítima para alcanzar un retorno coordinado y sostenible a una navegación sin obstáculos. (imo.org)
Ese enfoque parece considerablemente más útil que transformar indefinidamente Ormuz en una prueba de voluntad entre dos adversarios. El objetivo debería ser reducir progresivamente el valor militar del estrecho y devolverle su función principal como vía de navegación internacional.
Una salida que no exija declarar un vencedor
Uno de los principales obstáculos para resolver la crisis es también uno de los más habituales en los conflictos internacionales: cada parte necesita presentar cualquier acuerdo como una victoria o, al menos, evitar que pueda ser interpretado como una derrota. Washington difícilmente querrá aparecer retrocediendo ante la presión iraní, y Teherán difícilmente aceptará una fórmula que pueda ser presentada internamente como capitulación frente al poder naval estadounidense.
La diplomacia tendrá que construir, por tanto, una salida que permita obtener beneficios verificables a ambas partes sin exigir una derrota simbólica de ninguna de ellas. Irán podría obtener un proceso gradual para reducir determinadas restricciones económicas si garantiza de forma efectiva y verificable la navegación. Estados Unidos podría modificar progresivamente su bloqueo si recibe garantías suficientemente sólidas sobre el cumplimiento iraní. Y la comunidad internacional obtendría lo que constituye su interés principal: un estrecho abierto, seguro y previsible.
No sería una solución espectacular ni produciría imágenes de victoria inmediata. Pero las soluciones duraderas rara vez son espectaculares. Su fortaleza suele residir precisamente en que transforman una relación de coerción en una estructura de incentivos y obligaciones recíprocas.
Devolver Ormuz a su función natural
Las declaraciones sobre quién posee el “control total” pueden tener valor político, disuasorio o doméstico, pero ofrecen una respuesta incompleta al problema. Controlar militarmente una ruta no equivale necesariamente a normalizarla. Una vía marítima internacional cumple realmente su función cuando las navieras pueden utilizarla sin interpretar cada declaración de Washington o Teherán como una señal de posible interrupción, sin asumir primas extraordinarias de seguros y sin incorporar el riesgo de una nueva escalada al precio de cada cargamento.
El objetivo razonable de la diplomacia debería ser, por tanto, menos grandilocuente y mucho más concreto: que Ormuz vuelva a ser principalmente un estrecho y deje de ser un arma. Para conseguirlo, Estados Unidos e Irán tendrán que aceptar que ninguna solución sostenible puede basarse exclusivamente en la coerción, mientras los mediadores regionales, la OMI y los demás actores interesados deberán ayudar a convertir compromisos políticos frágiles en reglas marítimas verificables y duraderas.
La geografía garantiza que Ormuz seguirá siendo estratégico. Lo que la política todavía puede decidir es si esa importancia será administrada mediante reglas, cooperación y equilibrio, o mediante una sucesión indefinida de bloqueos, amenazas y enfrentamientos. La segunda alternativa puede proporcionar ventajas temporales a alguno de los protagonistas; la primera es la única que ofrece una salida razonablemente estable para todos.
