Por Sergio Jhoel Pérez Paredes
Historiador, escritor, periodista e investigador
Bolivia despierta cada cierto tiempo con una piedra en el camino. No es una metáfora, aunque también lo sea. Es una piedra verdadera, gris y fría, puesta en medio de una carretera por hombres que han pasado la noche junto a una fogata, esperando que alguien, en algún despacho de La Paz, escuche lo que nadie quiso escuchar durante meses.
Después llegan los discursos.
El Gobierno anuncia que el orden ha regresado. Los dirigentes aseguran que la lucha continúa. Los ministros aparecen en televisión con el cansancio de quienes no han perdido nada. La oposición contempla el incendio desde lejos y calcula cuánto podrá aprovechar de las cenizas.
Y el país espera.
Espera combustible, dólares, alimentos más baratos y una explicación creíble. Todos hablan del poder como si todavía estuviera allí, intacto, sentado detrás de un escritorio. Tal vez el poder se marchó hace tiempo y solo dejó sus muebles, sus retratos y a unos cuantos hombres fingiendo que gobiernan.
Rodrigo Paz logró despejar las rutas y conservar el mando. Pero abrir una carretera no significa encontrar una salida. Las piedras fueron retiradas; permanecen la inflación, la escasez y esa incertidumbre boliviana que consiste en levantarse sin saber cuánto costará el almuerzo al mediodía.
También está Evo Morales.
Sus adversarios lo ven detrás de cada bloqueo, sindicato y campesino que levanta la voz. Su sombra todavía atraviesa parte del país. Pero no todas le pertenecen. Existen dolores sin caudillo, protestas sin órdenes y ciudadanos furiosos que no necesitan que nadie les indique contra quién marchar.
Culpar a un solo hombre de todos nuestros males es una vieja costumbre nacional. Permite creer que, si desapareciera, Bolivia despertaría curada. Sin embargo, Bolivia nunca tuvo un solo culpable. Tuvo demasiados salvadores.
El verdadero problema quizá sea otro: el Estado ya no sabe conversar con la gente hasta que la gente bloquea. Las instituciones escuchan cuando aparece la dinamita, negocian cuando faltan alimentos y prometen cuando llega el primer muerto. Antes guardan silencio. Después convocan una conferencia de prensa.
La Asamblea Legislativa parece una habitación llena de personas que han olvidado por qué entraron. Discuten y esperan la próxima elección. Aquí la política no se practica para construir el futuro, sino para sobrevivir al presente.
El Gobierno deberá reformar una economía agotada sin convertir a los pobres en la moneda con la que pagará los errores de los poderosos. No puede exigir sacrificios mientras la corrupción sigue comiendo en los mejores restaurantes. Tampoco puede ofrecer inversiones como si cada montaña, río o comunidad fuera un espacio vacío esperando una empresa.
La oposición deberá decidir si quiere fiscalizar o incendiar. Demasiados dirigentes esperan la caída del Gobierno como quien aguarda una herencia. En Bolivia, el fracaso ajeno siempre ha sido una forma de campaña electoral.
Las carreteras están abiertas. Los buses vuelven a pasar. Podría decirse que la crisis terminó.
Pero algo permanece bloqueado.
Quizá sea la confianza. Quizá sea el futuro. Quizá sea la esperanza de que algún día Bolivia deje de comenzar de nuevo.
Por ahora, el país avanza entre piedras retiradas, promesas nuevas y fantasmas antiguos. Y en algún lugar, alguien recoge los restos de una fogata y piensa que pronto tendrá que encenderla otra vez.

