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Las grandes transformaciones del siglo XXI

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El siglo XXI no ha comenzado únicamente con nuevas tecnologías, conflictos diferentes o cambios en el equilibrio internacional. Ha inaugurado una transformación más profunda: la desaparición gradual del mundo que surgió tras la Guerra Fría y la formación, todavía incompleta y contradictoria, de un nuevo orden político, económico y tecnológico.

Durante varias décadas pareció que la historia avanzaba en una dirección relativamente previsible. La globalización integraría progresivamente los mercados; el comercio reduciría los incentivos para la guerra; la democracia liberal continuaría expandiéndose; la tecnología acercaría a las sociedades; y las instituciones multilaterales ofrecerían un marco estable para resolver las diferencias entre los Estados.

Aquella confianza no era completamente ingenua. La apertura comercial permitió el crecimiento de numerosas economías, la innovación tecnológica multiplicó la productividad y millones de personas salieron de la pobreza. Pero el optimismo de finales del siglo XX confundió una etapa histórica con un destino definitivo. Supuso que la interdependencia económica acabaría subordinando la política, cuando la política nunca dejó de determinar el rumbo de las naciones.

Hoy asistimos al movimiento contrario: la geopolítica vuelve a condicionar la economía. Las inversiones, las cadenas de suministro, el acceso a la energía, la producción de semiconductores, las rutas comerciales y hasta la infraestructura digital se examinan cada vez más desde la perspectiva de la seguridad nacional. Los Estados ya no se preguntan solamente dónde resulta más barato producir, sino qué dependencias pueden convertirse en vulnerabilidades durante una crisis.

La eficiencia, que durante décadas fue el principio dominante de la globalización, comienza a compartir su lugar con la resiliencia. Este cambio no significa necesariamente el final del comercio mundial. Las economías continúan profundamente conectadas y el intercambio internacional conserva una capacidad notable de adaptación. Sin embargo, esa integración está adquiriendo una naturaleza distinta. Las empresas diversifican proveedores, los gobiernos protegen sectores estratégicos y las potencias promueven cadenas de suministro vinculadas con aliados considerados confiables.

La economía mundial no se está dividiendo todavía en bloques absolutamente cerrados, pero sí está siendo reorganizada por afinidades políticas, intereses estratégicos y preocupaciones de seguridad. La Organización Mundial del Comercio ha advertido que una fragmentación completa en dos grandes bloques geoeconómicos podría provocar, a largo plazo, una reducción cercana al 7 % del producto mundial real.

La primera gran transformación de nuestro siglo es, por tanto, el tránsito desde una globalización gobernada principalmente por los costes y la eficiencia hacia una globalización condicionada por el poder.

El regreso del Estado

La segunda transformación es el retorno del Estado como actor económico central. La idea de que los mercados internacionales asignarían espontáneamente los recursos estratégicos ha perdido parte de su fuerza. Estados Unidos, China, la Unión Europea y otras potencias intervienen activamente para impulsar industrias, proteger tecnologías, financiar infraestructuras y garantizar el acceso a materias primas fundamentales.

La política industrial, durante años considerada una reliquia de economías dirigistas, ha recuperado legitimidad. Los gobiernos subvencionan fábricas de semiconductores, estimulan la fabricación de baterías, promueven la producción energética y limitan la exportación de tecnologías sensibles.

Este retorno del Estado no implica necesariamente la desaparición de la economía de mercado. Representa, más bien, una modificación de sus condiciones. La empresa privada sigue siendo el principal motor de la innovación y de la creación de riqueza, pero opera crecientemente dentro de prioridades definidas por la seguridad, la soberanía tecnológica y la competencia internacional.

El desafío consiste en impedir que la legítima defensa de intereses estratégicos se convierta en una excusa para el proteccionismo permanente, el favoritismo empresarial o la expansión ilimitada del poder público.

Un Estado capaz de proteger sectores esenciales puede ser necesario. Un Estado que sustituye sistemáticamente la competencia, decide ganadores y perdedores o captura la economía en nombre de la seguridad puede terminar destruyendo aquello que pretende defender.

La tecnología como nuevo territorio del poder

La tercera transformación es tecnológica, pero sus efectos son esencialmente políticos. La inteligencia artificial, los semiconductores avanzados, la computación cuántica, los satélites, los centros de datos y las redes de telecomunicaciones ya no constituyen únicamente instrumentos productivos. Son fuentes de poder nacional.

Las naciones que controlen la capacidad de cálculo, el conocimiento científico, los datos y las infraestructuras digitales tendrán una influencia comparable a la que durante otros periodos otorgaron el carbón, el acero o el petróleo.

La inteligencia artificial puede aumentar la productividad, acelerar la investigación médica, mejorar la educación y transformar la administración pública. También puede concentrar poder económico, desplazar empleos, amplificar la desinformación y fortalecer sistemas de vigilancia difíciles de someter al control democrático.

La Organización Mundial del Comercio ha destacado que el comercio y la inteligencia artificial pueden reforzarse mutuamente y generar nuevas oportunidades de crecimiento. Al mismo tiempo, el Fondo Monetario Internacional advierte que una decepción respecto de la productividad asociada a la inteligencia artificial o una corrección de las expectativas tecnológicas podría afectar el crecimiento y desestabilizar los mercados.

La cuestión central no consiste en decidir si la inteligencia artificial debe detenerse. No se detendrá. Consiste en determinar bajo qué reglas se desarrollará, quién ejercerá el control sobre sus sistemas y cómo podrán protegerse la dignidad humana, la autonomía individual y la responsabilidad jurídica.

La tecnología abre posibilidades extraordinarias, pero ninguna innovación elimina la necesidad de instituciones. Cuanto mayor sea el poder de las máquinas, mayor deberá ser la claridad de las responsabilidades humanas.

La energía vuelve al centro de la historia

La cuarta transformación es energética. Durante años, una parte importante del debate público trató la energía como una cuestión predominantemente ambiental. Hoy resulta evidente que es también un asunto económico, industrial y estratégico.

El petróleo y el gas continúan condicionando la inflación, el transporte y la seguridad de numerosos países. Al mismo tiempo, la expansión de las energías renovables aumenta la importancia de minerales como el litio, el cobre, el níquel y las tierras raras. La energía nuclear recupera protagonismo, mientras que los centros de datos y la inteligencia artificial incrementan la demanda de electricidad.

La transición energética no consiste simplemente en reemplazar una fuente por otra. Está modificando las dependencias internacionales. Los países que antes dependían de productores de petróleo pueden pasar a depender de quienes controlan minerales críticos, tecnologías de almacenamiento, redes eléctricas o componentes industriales. La descarbonización no elimina la geopolítica de la energía: la transforma.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha señalado que la inteligencia artificial está alterando los sistemas energéticos de dos maneras simultáneas: puede optimizar redes y procesos, pero también incrementa el consumo eléctrico mediante el crecimiento de los centros de datos. El mismo organismo observa un renovado interés mundial por la energía nuclear y una creciente divergencia entre las estrategias energéticas nacionales.

Una transición seria deberá combinar sostenibilidad ambiental, seguridad del abastecimiento y viabilidad económica. Ignorar cualquiera de esas dimensiones puede generar nuevas desigualdades, resistencias sociales y dependencias estratégicas.

La crisis de la democracia liberal

La quinta transformación afecta a la democracia. El problema no reside únicamente en el ascenso de gobiernos autoritarios. También se encuentra dentro de las propias democracias, donde la polarización, la desconfianza institucional y la fragmentación informativa están debilitando la capacidad de reconocer al adversario como un competidor legítimo.

La democracia no puede sobrevivir cuando cada elección es presentada como la última oportunidad de salvar a la nación, cuando toda derrota se interpreta como una conspiración y cuando el rival político deja de ser un ciudadano equivocado para convertirse en un enemigo que debe ser excluido.

Las plataformas digitales han democratizado la expresión, pero también han creado incentivos económicos para la indignación, la simplificación y el conflicto permanente. La verdad compite en condiciones desiguales con contenidos diseñados para provocar emociones inmediatas.

La libertad de expresión debe ser defendida precisamente en este contexto. Pero defenderla no significa ignorar la responsabilidad individual, la transparencia de las plataformas o el derecho de los ciudadanos a conocer cuándo una información ha sido manipulada.

La alternativa a la censura no puede ser la resignación ante la mentira. Debe ser una esfera pública más abierta, pluralista y exigente, donde la información pueda ser verificada y las ideas sean confrontadas sin persecución ni silenciamiento.

La democracia liberal seguirá siendo frágil mientras dependa solamente de procedimientos electorales. Necesita cultura cívica, separación de poderes, medios independientes, seguridad jurídica y una disposición compartida a aceptar límites.

El ascenso de nuevas potencias

La sexta transformación es la redistribución del poder mundial. El sistema internacional ya no puede explicarse exclusivamente mediante la competencia entre Estados Unidos y China. India, Turquía, Brasil, Indonesia, Arabia Saudita y otras potencias buscan ampliar su autonomía y negociar simultáneamente con distintos centros de poder.

Estos países no siempre desean incorporarse disciplinadamente a un bloque. Pretenden conservar márgenes de maniobra, aprovechar oportunidades económicas diversas y aumentar su influencia regional.

El resultado será probablemente un mundo más plural, pero no necesariamente más estable. La multiplicación de actores puede limitar la hegemonía de las grandes potencias y ofrecer nuevas posibilidades de cooperación. También puede dificultar los consensos, debilitar las instituciones multilaterales y favorecer alianzas variables determinadas por intereses inmediatos.

El nuevo orden internacional probablemente no aparecerá mediante un gran tratado fundacional. Se construirá gradualmente, a través de acuerdos parciales, coaliciones flexibles, asociaciones tecnológicas y entendimientos regionales. El riesgo es que un sistema compuesto únicamente por transacciones circunstanciales carezca de reglas suficientes para contener los conflictos.

Una humanidad más conectada y más dividida

La paradoja central del siglo XXI es que la humanidad nunca estuvo tan conectada y, al mismo tiempo, nunca pareció tan fragmentada. Las cadenas económicas atraviesan fronteras, las comunicaciones son instantáneas y los desafíos fundamentales —el clima, las pandemias, la inteligencia artificial, la migración, la seguridad energética— no pueden resolverse exclusivamente dentro de los Estados nacionales.

Sin embargo, la cooperación internacional se debilita precisamente cuando resulta más necesaria. El multilateralismo no debe idealizarse. Muchas instituciones internacionales son lentas, burocráticas o incapaces de responder con eficacia a las nuevas relaciones de poder. Pero la ausencia de instituciones no produce soberanía: produce incertidumbre.

Reformar la cooperación internacional será más difícil que proclamar su fracaso, pero también más necesario. Las grandes potencias deberán aceptar límites; las potencias emergentes deberán asumir responsabilidades; y los organismos multilaterales deberán recuperar legitimidad mediante mayor eficacia, transparencia y representatividad.

Comprender antes que reaccionar

Las grandes transformaciones del siglo XXI no ocurren aisladamente. La rivalidad geopolítica modifica el comercio. La tecnología transforma la seguridad. La energía condiciona la inflación. La polarización debilita las democracias. La fragmentación económica aumenta las desigualdades. Y la debilidad institucional dificulta la gestión de todos esos problemas.

No estamos simplemente ante una sucesión de crisis. Estamos ante una reconfiguración histórica. El error más grave sería interpretar cada acontecimiento como un episodio separado: una guerra regional, una disputa arancelaria, una innovación tecnológica o una nueva elección conflictiva. Todos forman parte de una transición en la que todavía no sabemos qué reglas sustituirán a las que están desapareciendo.

El siglo XXI no está condenado al autoritarismo, al conflicto ni a la fragmentación. Pero tampoco existe una fuerza histórica inevitable que garantice el progreso. El futuro dependerá de decisiones políticas, instituciones capaces y sociedades dispuestas a defender la libertad sin renunciar al orden; la apertura sin ignorar la seguridad; la innovación sin abandonar la responsabilidad; y la identidad nacional sin convertirla en hostilidad contra los demás.

La misión de un observatorio internacional no debe ser anunciar diariamente el fin del mundo ni celebrar acríticamente cada novedad. Debe identificar los movimientos profundos que existen detrás de los acontecimientos, distinguir la transformación real del ruido pasajero y ofrecer al lector elementos para comprender su tiempo.

Ese será uno de los propósitos de esta serie. Porque observar el siglo no significa contemplarlo desde la distancia. Significa comprender las fuerzas que ya están transformando nuestras sociedades y reconocer que, aun en medio de cambios extraordinarios, el porvenir continúa siendo una responsabilidad humana.

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